Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

lunes, 12 de junio de 2017

EL VIAJE DE LA LECHUGA



Con diecinueve años, había transcurrido la totalidad de mi existencia en una remota aldea del Norte. Me sentía ávida por saber qué se “cocía” más allá de las lindes de los prados que rodeaban mi casa, pero sin posibilidades reales de conseguirlo. Por una de esas maravillosas y sorprendentes casualidades del destino, quiso la fortuna que un viejo amigo de la familia, emigrado años atrás y del cual no se habían vuelto a tener noticias, regresara un buen día para presentarnos a su esposa, una francesa muy sofisticada de modales muy dispares a los nuestros, con el pelo corto como el de un chico y gran amante de comer arroz con nata. Se hallaba bastante incómoda siendo el centro de atención de toda la vecindad, así que, imagino, vio en mí un espíritu, sino afín, sí cercano en juventud y viveza. Así se fraguó nuestra amistad: una relación basada en gestos y expresiones, sonrisas y mohines que nos permitían comunicarnos, ignorando la barrera del idioma que nos separaba. Cuando se fue, me sugirió que la visitara algún día, ¡como si París estuviese a la vuelta de la esquina y no cerca de la Luna! Asentí con la cabeza, aunque bien sabía yo que jamás podría ir, y creo que ella adivinó lo que pensaba porque me hizo un guiño cómplice y me dio unas palmaditas en la espalda de consuelo.
Transcurrieron varios meses tras su partida y todos se olvidaron de aquella visita; todos menos yo, que seguía soñando como una tonta con volar. Un día de primavera, el cartero fue portador del regalo más espléndido que había recibido en mi vida. El sobre que me entregó contenía un billete de autobús con destino a París y una escueta nota de aquella joven extravagante que no se había olvidado de mí y que con tanta generosidad me invitaba a visitarla. Sobra decir que todo se convirtió en un torbellino de nervios alrededor mío. Carecía de dinero, de ropa, de conocimientos y cultura, pero sin dudarlo ni un instante me subí a aquel autobús que me alejó del pueblo sin mirar atrás.
Doce horas de viaje más tarde, haciendo paradas esporádicas para comer un bocadillo en una gasolinera o ir al baño, estaba en la ciudad más hermosa y grande que había visto nunca.
Ella me recibió con gran hospitalidad; había tomado sus vacaciones para poder estar conmigo y mostrarme todo lo que pudiera visitar en la semana que permanecería allí: los grandes monumentos, de los que yo apenas había oído hablar; la torre aquella gigante de hierro; los museos, en los que yo no había puesto un pie en mi vida; el molino aquel, en el que las bailarinas enseñaban las bragas; la noche iluminada por miles de bombillas; los pintores callejeros, que veían en mi rostro una obra en potencia, hecho que me asustaba bastante, pues siempre me he considerado una persona corriente; las personas de otras razas que me miraban porque yo las miraba…¡todo lo contemplaba atónita y maravillada!
No podía creer que existiese un mundo distinto al que yo conocía, pero allí estaba: ante mis incrédulas retinas que ansiosas se embriagaban de detalles y momentos inolvidables. Y sin darme cuenta llegó el momento de regresar, no sin antes comprar algunos recuerdos con los escasos cuartos que tenía en los bolsillos. En las formidables galerías que constituían el centro de la vida comercial de la ciudad, se apiñaban con pulcritud una infinita gama de productos bellos, sabrosos, elegantes y... ¡muy caros! 
Recorrí cada sección deseando adquirir pequeñas bagatelas sin importancia, pero me resultaba imposible, así que me decidí por un único y especial objeto que me recordase la vorágine de aquellos días. Se trataba de un sencillo recipiente de plástico. Sobre él, una tapa giratoria imprimía tal velocidad a lo que contuviese en su interior, que mareaba con solo mirarlo. Mi amiga trató de disuadirme sin éxito, y se mostró contrariada con mi elección, pero yo no cejé en mi empeño y compré aquel cacharro desconocido, del que tardé bastante tiempo en comprender para qué fin se usaba. 
Regresé con mil historias que contar y me faltaban palabras para describir todo lo que había visto.
Hoy veinticinco años después, cada vez que preparo una ensalada recuerdo mi primera “expedición” por el largo y ancho mundo que me enamoró, porque la lechuga viaja a la velocidad del rayo en el centrifugador de plástico que la ingenua de mi (esa a la que hoy echo de menos), compró como souvenir, haciéndome revivir el vértigo que sentí al conocer París en primavera.








  


jueves, 11 de mayo de 2017

SORTEO


Desde el blog de literatura Las Inquilinas de Netherfield, se realizan preciosos sorteos de libros de todo tipo de géneros. En esta ocasión ha sido Su Mejor Interpretación el título que juega con las damas de la mansión. ¡Os animo a participar!  Gracias y un saludo.
http://inquilinasnetherfield.blogspot.com.es/2017/05/sorteo-2-ejemplares-su-mejor-interpretacion.html

jueves, 27 de abril de 2017

Booktrailer



¿Para qué sirve un book trailer?
La respuesta es sencilla:
Así,en frío, el motivo de su utilización, cada vez más extendida, es el siguiente:
Nos permite disfrutar de preciosas imágenes y de una música cuidadosamente seleccionada con el fin de atraer la atención de potenciales lectores. 
Cuando el trabajo lo elabora una lectora a la que le ha gustado tu libro, cambia el sentido del vídeo y sus intenciones, porque te emocionas y derramas la lágrima, al percibir que ha puesto todo su cariño, tiempo y esfuerzo en ese trabajo que tú eres incapaz de realizar debido a tus manazas en el campo audiovisual.
Así pues, comparto este precioso regalo como muestra de agradecimiento a esa mujer artista, quien con su sensibilidad transforma una herramienta de marketing en un momento especial, sin más pretensión que la de llegar al corazón del espectador-lector.
¡Gracias Noelia!
Os envío a su blog, y os aseguro que no os arrepentiréis de visitarla: http://unamujerartista.blogspot.com.es/


viernes, 21 de abril de 2017

MISS BOCARTE

Miss Bocarte

Me diréis que soy un plomo pero no lo puedo evitar. A pesar de los carteles y de los cromos que me adulan, y de los siglos que llevo a remojo con la cola de pescado y los pechos cubiertos por cáscaras de ostra que me rozan los pezones, y de que ni por suspiros ni por languideces me rescata el príncipe que sí tiene dos patas, he decidido poner una queja en toda regla ante el filósofo que lleva el tema este de los cuentos.
Ya habréis adivinado quién soy, pero no me conocéis en realidad. No tenéis ni idea, de verdad. Dicen por ahí que algunos me escuchan cantar. ¡Ja! ¡Y yo a ellos eructar! Cuando se toman dos o tres barricas de ron, de la que van a Jamaica, y mean por la borda, y de paso echan la pota. Les juro señores, que nada más lejos de mi intención está el entonar canción alguna, ni enamorarme de marino o de cabeza coronada campechana; suelen ser borrachos y rarunos: no tengo yo el horno para tantos humos. ¡Qué cansino y qué aburrido es ser sirena! Aquí, mi amiga la ballena, pletórica de plancton, se va de picos pardos a ver si liga con un tiburón  —Fassbender, corres peligro, pon atención—, y me aconseja muy ufana: tírate a alguno que sea majo, te hace falta una alegría, tía quisquilla. Y yo le hago una mueca mientras pienso: casi tiene razón.
Me confieso, esta soy yo: quiero un plato de carne fresca, un buen filete, un cachopo suculento, nada pido del otro huerto. También un par de enaguas, mucho mejor si son bragas, de quita y pon, para cuando surja la magia esa de las piernas, pero me temo, que con la suerte que gasto, de esta me crecen alas y vuelvo a estar en las mismas: cansada de ser una mutación. Ni ligo ni me encamo, claro que no, pues me falta una parte del cuerpo, la más importante del esqueleto; no sean mal pensados ¡me refiero al corazón! ¿Qué esperaban? Solo soy una simple ilustración. El alma me pide gritar: ¡Disney, eres un cabrón! Pero no, ante todo que prime la educación.
Y aquí van más quejas: ¿qué me dicen de la melena? Siempre húmeda y encrespada, por mucha perorata que largue el tal Llongueras, a mí no me soluciona nada. Me salva el ser pelirroja, porque esta noche nado hacia el mar de Escocia, a ver si inspiro a la Gabaldón y pego el pelotazo, me hago la cirugía y  finalmente visto con pantalón.
 Si algún día me rindo será debido al mercurio de los vertidos que se me ha incrustado en las escamas de la ventrisca; disculpen si me expreso de forma tan arisca, pero esta vida mía tiene miga, y no me refiero a la que lanzan los guiris que chistan a los delfines desde el bote de un biólogo de acuario. No, eso no me importa en absoluto, porque suelo aspirar el humo de sus canutos desde proa, y me relaja un montón; sino que me refiero a este sinsabor, a este despropósito del destino que me hace patalear con la orejas al son de las almejas que me miran ojipláticas y boquiabiertas a la par que me cantan a coro burbujeante: Nenita, has perdido la razón.
Resumiendo, todo esto viene a cuento de que, a veces una que es sirena no serena, echa espumarajos por la boca y así se desahoga, se escaquea de su padre el del tridente, siempre tan pendiente; de las hermanas perfectas y paletas que no saben lo que es un tenedor; del cangrejo castañuela y la abuela puñetera, quien me acusa de hablar así debido al resacón, —y no se refiere a la mareona asturiana, no—, ¡qué poca imaginación! ¿A dónde va ir una pobre sardina como yo de botellón? Denme opciones, direcciones, háganme este favor si les llega mi mensaje en Morse, pues ustedes bien saben que no poseo ni una pizca de voz, y lo que aún es peor: ni un buen libro que ilumine mi sesera. Pobre de mí...
¡Qué invierno me espera en esta nevera!
 Suya, siempre suya:
La Peza, con su queja.

  

miércoles, 22 de marzo de 2017

SU MEJOR INTERPRETACIÓN



El especialista de cine Peter Carmody está cansado de resolver los problemas de su hermano Julian, un actor caprichoso y descerebrado que vive sus quince minutos de fama sin percibir lo efímera que esta resulta para los que no poseen un auténtico talento. Peter tratará de alejarse de su gemelo, pero sus expectativas se verán frustradas cuando Cassandra Shannon, una joven editora, se cruza en la vida de ambos. Para proteger la carrera de la estrella, el sensato y consecuente hermano se verá obligado a realizar la actuación de su vida delante y detrás de las cámaras, sin intuir que, además de a los flashes y a las alfombras rojas, deberá enfrentarse a una relación inesperada y sorprendente.
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Basada en hechos reales, La Interpretación de su vida, nos desvela el misterio que se oculta tras la carrera de un afamado actor de renombre mundial, quien alcanzó la cúspide del estrellato tras años de lucha y duro trabajo cinematográfico no siempre reconocido por la crítica y la audiencia. Los nombres de los protagonistas han sido modificados por expresa petición de los interesados en que se conozca la historia de sus vidas, preservando igualmente su identidad. Esta autora se ha comprometido a garantizar el secreto y a difundir la bella semblanza que del amor le transmitieron.

Puedes encontrarla aquí


viernes, 3 de febrero de 2017

CORRUPTO



Su cuerpo derrotado, famélico y enfermo, se había transformado en el sarcófago portador del ser que un día fue antes de perder la decencia: un hombre valeroso y luchador, racional y resolutivo, confiado e invencible, quien se había transformado a través de una profunda, lenta e imperceptible metamorfosis, en la encarnación ególatra del pretencioso ente nacido del vientre del primero. 
El tiempo —sepulturero vocacional—, selló con paladas de lodo espeso y frío la fosa a la que arrojó cualquier ideal contrario a sus ambiciosas aspiraciones antes de caer en el agujero en el que yacía.Ocultaba los restos de su alma tras la mirada vidriosa y vacía, alimentada de vino ácido y barato obtenido mediante plañideras súplicas a los peregrinos apresurados y afectados por la ceguera selectiva e instintiva ante estampas incómodas como la suya. Le lanzaban monedas desde sus bolsillos tintineantes por exceso de calderilla sin valor, y proseguían su itinerario, aliviados y libres del fugaz lastre de su presencia.
Agazapado en cualquier esquina se dedicaba a rememorar, durante interminables horas de inmovilidad, los paseos confiados por el borde del abismo que le condujeron al fracaso. No emitía palabras de reproche ni miradas desdeñosas. Evitaba y rechazaba cualquier acercamiento. No ansiaba consuelo o redención. La cobardía le avergonzaba y empequeñecía, hundiéndole en su guarida mental, donde se hallaba a salvo de los depredadores emocionales. 
Recordaba las palabras garabateadas con pulso trémulo sobre una cuartilla arrugada, como el acto más pavoroso realizado por propia voluntad. Nunca consiguió enviar la nota de suicidio, y cubrió su desaparición con un telón de tragedia misteriosa e irreparable, en la obra más ensayada de su vida. Su paso firme, decidido, desesperado, o tal vez desquiciado, fue serenándose cuando levó el ancla que lo mantenía asido a la seguridad de su muelle protegido de tempestades inesperadas. Los guijarros del camino le horadaron las suelas de los zapatos y, al fin, la sangre fluyó desde su piel para teñir la huida, dejando un rastro imperceptible de pequeñas lágrimas rojas... hasta que no pudo caminar más. Había llegado al fin del mundo. De su mundo.
El control, la garantía y el confort de una vida planificada al milímetro se desvanecieron cuando salió a la luz el expolio que había infringido sobre los bienes ajenos. No consiguió sostener la mirada acusatoria de su hijo sin sentir punzadas en la nuca de fieras mariposas grises que agujereaban con sus hambrientas probóscides el plan trazado para el joven figurín de revista. Su esposa miraba hacia otro lado, mostrando su perfil cincelado por las expertas manos de hábiles cirujanos, desechando los brotes de escrúpulos tardíos que salpicaban su jardín secreto como malas e insignificantes hierbas, y percibiendo la caída sin inmutarse, pues cualquier síntoma de debilidad la convertiría en culpable, y ella, flor imperecedera, siempre se había mantenido al margen e inmune a los hechos perturbadores en el interior de su ostentoso invernadero. 
Las investigaciones policiales condujeron a la familia hasta las primeras páginas de los rotativos. Fueron acosados, interrogados e insultados a las puertas de los juzgados, y finalmente, el dictamen de culpabilidad rebotó contra los muros, acompañado por el eco gutural de aplausos iracundos. 
La pena de cárcel no fue excesiva para el culpable de tan desvergonzado saqueo. Cumplió la condena adjudicada por el juez sin parpadear. Los años de encierro transcurrieron sin dolor. La pequeña celda no carecía de comodidades y, a través de los barrotes oxidados, inhalaba dosificadas bocanadas de oxígeno cada vez que sentía una leve sensación de ahogo. En ocasiones le sondeaban. Querían saber dónde ocultaba los bienes sustraídos y jamás le creyeron cuando negaba con insistencia su culpabilidad, porque no existía sobre las tablas del gran teatro, un actor con más talento que él, y todos lo sabían: le habían adulado en demasiadas ocasiones, expresando admiración, envidia y esa antipatía nacida en la zona inferior del pecho, en la cual el aire se encona produciendo hipidos de celosa rabia. 
La paciencia fue la consorte aliada en su periplo y no le permitió flaquear ni cuando el desarraigo y el rechazo le convirtieron en un paria sin patria. La tormenta de arena le azotó durante años sin causar daños irreparables. Cuando salió de la prisión, esperó. El olvido deslizó un sudario raído sobre el pasado, convirtiéndole en un cuerpo exento de gravitación, en un ovillo de carne y huesos, y comenzó a sentir el dolor profundo, lacerante y desconocido hasta entonces, que solo podía mitigar por los recuerdos regurgitados del poder que un día poseyó en la palma de la mano. 
La transformación estaba en proceso de ejecución. El desprecio de su retoño, aquel rubio querubín desposeído de sus ignífugas alas, fue el latigazo que más piel le desolló. Le negaba la mirada, el contacto o cualquier palabra de perdón. En ocasiones rompía el silencio perpetuo y le escuchaba murmurar: “ladrón”. 
No existía el amor. Las camas separadas por un débil tabique silenciaban los argumentos que trataban de perforar sin éxito los ladrillos para llegar a los oídos de una mujer humillada y resentida. Ella no le creyó porque era el mejor actor del mundo. El nivel de vida descendió y estallaron llantos y lamentos enfermos cuando los embargos se llevaron los oropeles; adiós al manso caballo de crines oscuras, al brillante coche de cristales tintados, a los abrigos de pieles, a los colegios privados, e incluso a los más sofisticados aparatos gimnásticos, que desaparecieron con la exquisita mansión que los contenía y que fue sustituida por un apartamento de dos habitaciones, cuya humedad penetraba en los bronquios de sus residentes y propiciaba el rencor y las vistas a una realidad desconocida, obligándoles a convivir en la peor de las celdas: la ocupada por reos acomplejados y rencorosos. 
La degradación le apeó de su trono arrebatando de su testa la corona de falso reyezuelo omnipotente. Se consoló durante algún tiempo al compás de los consejos de otros falsos regentes, quienes le acogieron y ofrecieron la disfrazada amabilidad de los hipócritas hermanados, y una inmensa cantidad de glorificaciones que apestaban a droga. Aceptadas las lisonjas y las invitaciones sin intención de permanecer como convidado de piedra, entraba en los burdeles y se entregaba sin tregua al compás de jadeos caros y perfumados, porque así lo requería su estatus de huésped de puteros millonarios. 
De fondo, en la televisión pública, los afectados rogaban, lloraban y elevaban sus plegarias a una justicia infecta, mientras él introducía su pene en una vagina cansada y tomaba su ración de cocaína de los labios ajados y disimulados por el carmín y la sonrisa pétrea de la muñeca rota y recompuesta para cada ocasión. Empujado al límite de la avaricia, pisoteó, maltrató y robó sin un pestañeo molesto o amago de culpabilidad. No era distinto a sus congéneres, aquellos perros asilvestrados entre la maleza de asfalto, hurgando con sus hocicos los restos descompuestos que otros carroñeros de su misma especie habían dejado atrás. 
Como un pirata paciente esperó a que la isla estuviera desierta, y volvió en busca de los doblones ocultos. Y los halló. El tesoro que jamás le perteneció permanecía intacto. Los sobres repletos de dinero le sirvieron como pasaporte hacia una nueva vida; se compró una identidad señorial limpia de sospechas, y quiso comenzar de nuevo sin esfuerzo, convencido y pletórico: aún acopiaba bajo su manto lo que había sustraído a la gente sencilla y humilde, confiada y segura que creyó en sus promesas. 
Incluso conservaba aquel dolor estúpido, palpitante y continuo en la base del cráneo, que le impedía elevar la cabeza y mirar de frente, obligándole a mostrar la coronilla hacia el cielo, en un gesto de humillante subordinación. 
La dolencia aumentó para convertirse en una sentencia mortal. En la habitación de un exclusivo hospital le predijeron el futuro, y cuando la fortuna se volatilizó costeando los caros tratamientos y panaceas fallidas, se encontró vacío, impotente y abandonado. Luchó y perdió. No había rastro de los compañeros de manada ni de la familia humillada. De nada sirvió su titánico esfuerzo por gobernar en el reino de las falsedades. Se había convertido en un lobo viejo sin colmillos, solitario y enfermo, encogido de hombros, sin capacidad para hallar respuestas correctas a las interrogantes que tímidamente acudían a su mente desequilibrada por la derrota. 
La sociedad, su principal víctima, objeto de su ninguneo sistemático, traicionada, dolorida, hambrienta, y violada hasta la saciedad, le recogió una noche de la ciénaga pútrida en la que se ahogaba con su propia inmundicia, y le otorgó cuidados paliativos en la cama de un hospital público… ¿sin rencor?