Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

jueves, 27 de abril de 2017

Booktrailer



¿Para qué sirve un book trailer?
La respuesta es sencilla:
Así,en frío, el motivo de su utilización, cada vez más extendida, es el siguiente:
Nos permite disfrutar de preciosas imágenes y de una música cuidadosamente seleccionada con el fin de atraer la atención de potenciales lectores. 
Cuando el trabajo lo elabora una lectora a la que le ha gustado tu libro, cambia el sentido del vídeo y sus intenciones, porque te emocionas y derramas la lágrima, al percibir que ha puesto todo su cariño, tiempo y esfuerzo en ese trabajo que tú eres incapaz de realizar debido a tus manazas en el campo audiovisual.
Así pues, comparto este precioso regalo como muestra de agradecimiento a esa mujer artista, quien con su sensibilidad transforma una herramienta de marketing en un momento especial, sin más pretensión que la de llegar al corazón del espectador-lector.
¡Gracias Noelia!
Os envío a su blog, y os aseguro que no os arrepentiréis de visitarla: http://unamujerartista.blogspot.com.es/


viernes, 21 de abril de 2017

MISS BOCARTE

Miss Bocarte

Me diréis que soy un plomo pero no lo puedo evitar. A pesar de los carteles y de los cromos que me adulan, y de los siglos que llevo a remojo con la cola de pescado y los pechos cubiertos por cáscaras de ostra que me rozan los pezones, y de que ni por suspiros ni por languideces me rescata el príncipe que sí tiene dos patas, he decidido poner una queja en toda regla ante el filósofo que lleva el tema este de los cuentos.
Ya habréis adivinado quién soy, pero no me conocéis en realidad. No tenéis ni idea, de verdad. Dicen por ahí que algunos me escuchan cantar. ¡Ja! ¡Y yo a ellos eructar! Cuando se toman dos o tres barricas de ron, de la que van a Jamaica, y mean por la borda, y de paso echan la pota. Les juro señores, que nada más lejos de mi intención está el entonar canción alguna, ni enamorarme de marino o de cabeza coronada campechana; suelen ser borrachos y rarunos: no tengo yo el horno para tantos humos. ¡Qué cansino y qué aburrido es ser sirena! Aquí, mi amiga la ballena, pletórica de plancton, se va de picos pardos a ver si liga con un tiburón  —Fassbender, corres peligro, pon atención—, y me aconseja muy ufana: tírate a alguno que sea majo, te hace falta una alegría, tía quisquilla. Y yo le hago una mueca mientras pienso: casi tiene razón.
Me confieso, esta soy yo: quiero un plato de carne fresca, un buen filete, un cachopo suculento, nada pido del otro huerto. También un par de enaguas, mucho mejor si son bragas, de quita y pon, para cuando surja la magia esa de las piernas, pero me temo, que con la suerte que gasto, de esta me crecen alas y vuelvo a estar en las mismas: cansada de ser una mutación. Ni ligo ni me encamo, claro que no, pues me falta una parte del cuerpo, la más importante del esqueleto; no sean mal pensados ¡me refiero al corazón! ¿Qué esperaban? Solo soy una simple ilustración. El alma me pide gritar: ¡Disney, eres un cabrón! Pero no, ante todo que prime la educación.
Y aquí van más quejas: ¿qué me dicen de la melena? Siempre húmeda y encrespada, por mucha perorata que largue el tal Llongueras, a mí no me soluciona nada. Me salva el ser pelirroja, porque esta noche nado hacia el mar de Escocia, a ver si inspiro a la Gabaldón y pego el pelotazo, me hago la cirugía y  finalmente visto con pantalón.
 Si algún día me rindo será debido al mercurio de los vertidos que se me ha incrustado en las escamas de la ventrisca; disculpen si me expreso de forma tan arisca, pero esta vida mía tiene miga, y no me refiero a la que lanzan los guiris que chistan a los delfines desde el bote de un biólogo de acuario. No, eso no me importa en absoluto, porque suelo aspirar el humo de sus canutos desde proa, y me relaja un montón; sino que me refiero a este sinsabor, a este despropósito del destino que me hace patalear con la orejas al son de las almejas que me miran ojipláticas y boquiabiertas a la par que me cantan a coro burbujeante: Nenita, has perdido la razón.
Resumiendo, todo esto viene a cuento de que, a veces una que es sirena no serena, echa espumarajos por la boca y así se desahoga, se escaquea de su padre el del tridente, siempre tan pendiente; de las hermanas perfectas y paletas que no saben lo que es un tenedor; del cangrejo castañuela y la abuela puñetera, quien me acusa de hablar así debido al resacón, —y no se refiere a la mareona asturiana, no—, ¡qué poca imaginación! ¿A dónde va ir una pobre sardina como yo de botellón? Denme opciones, direcciones, háganme este favor si les llega mi mensaje en Morse, pues ustedes bien saben que no poseo ni una pizca de voz, y lo que aún es peor: ni un buen libro que ilumine mi sesera. Pobre de mí...
¡Qué invierno me espera en esta nevera!
 Suya, siempre suya:
La Peza, con su queja.

  

miércoles, 22 de marzo de 2017

SU MEJOR INTERPRETACIÓN



El especialista de cine Peter Carmody está cansado de resolver los problemas de su hermano Julian, un actor caprichoso y descerebrado que vive sus quince minutos de fama sin percibir lo efímera que esta resulta para los que no poseen un auténtico talento. Peter tratará de alejarse de su gemelo, pero sus expectativas se verán frustradas cuando Cassandra Shannon, una joven editora, se cruza en la vida de ambos. Para proteger la carrera de la estrella, el sensato y consecuente hermano se verá obligado a realizar la actuación de su vida delante y detrás de las cámaras, sin intuir que, además de a los flashes y a las alfombras rojas, deberá enfrentarse a una relación inesperada y sorprendente.
**********************************************************************
Basada en hechos reales, La Interpretación de su vida, nos desvela el misterio que se oculta tras la carrera de un afamado actor de renombre mundial, quien alcanzó la cúspide del estrellato tras años de lucha y duro trabajo cinematográfico no siempre reconocido por la crítica y la audiencia. Los nombres de los protagonistas han sido modificados por expresa petición de los interesados en que se conozca la historia de sus vidas, preservando igualmente su identidad. Esta autora se ha comprometido a garantizar el secreto y a difundir la bella semblanza que del amor le transmitieron.

Puedes encontrarla aquí


viernes, 3 de febrero de 2017

CORRUPTO



Su cuerpo derrotado, famélico y enfermo, se había transformado en el sarcófago portador del ser que un día fue antes de perder la decencia: un hombre valeroso y luchador, racional y resolutivo, confiado e invencible, quien se había transformado a través de una profunda, lenta e imperceptible metamorfosis, en la encarnación ególatra del pretencioso ente nacido del vientre del primero. 
El tiempo —sepulturero vocacional—, selló con paladas de lodo espeso y frío la fosa a la que arrojó cualquier ideal contrario a sus ambiciosas aspiraciones antes de caer en el agujero en el que yacía.Ocultaba los restos de su alma tras la mirada vidriosa y vacía, alimentada de vino ácido y barato obtenido mediante plañideras súplicas a los peregrinos apresurados y afectados por la ceguera selectiva e instintiva ante estampas incómodas como la suya. Le lanzaban monedas desde sus bolsillos tintineantes por exceso de calderilla sin valor, y proseguían su itinerario, aliviados y libres del fugaz lastre de su presencia.
Agazapado en cualquier esquina se dedicaba a rememorar, durante interminables horas de inmovilidad, los paseos confiados por el borde del abismo que le condujeron al fracaso. No emitía palabras de reproche ni miradas desdeñosas. Evitaba y rechazaba cualquier acercamiento. No ansiaba consuelo o redención. La cobardía le avergonzaba y empequeñecía, hundiéndole en su guarida mental, donde se hallaba a salvo de los depredadores emocionales. 
Recordaba las palabras garabateadas con pulso trémulo sobre una cuartilla arrugada, como el acto más pavoroso realizado por propia voluntad. Nunca consiguió enviar la nota de suicidio, y cubrió su desaparición con un telón de tragedia misteriosa e irreparable, en la obra más ensayada de su vida. Su paso firme, decidido, desesperado, o tal vez desquiciado, fue serenándose cuando levó el ancla que lo mantenía asido a la seguridad de su muelle protegido de tempestades inesperadas. Los guijarros del camino le horadaron las suelas de los zapatos y, al fin, la sangre fluyó desde su piel para teñir la huida, dejando un rastro imperceptible de pequeñas lágrimas rojas... hasta que no pudo caminar más. Había llegado al fin del mundo. De su mundo.
El control, la garantía y el confort de una vida planificada al milímetro se desvanecieron cuando salió a la luz el expolio que había infringido sobre los bienes ajenos. No consiguió sostener la mirada acusatoria de su hijo sin sentir punzadas en la nuca de fieras mariposas grises que agujereaban con sus hambrientas probóscides el plan trazado para el joven figurín de revista. Su esposa miraba hacia otro lado, mostrando su perfil cincelado por las expertas manos de hábiles cirujanos, desechando los brotes de escrúpulos tardíos que salpicaban su jardín secreto como malas e insignificantes hierbas, y percibiendo la caída sin inmutarse, pues cualquier síntoma de debilidad la convertiría en culpable, y ella, flor imperecedera, siempre se había mantenido al margen e inmune a los hechos perturbadores en el interior de su ostentoso invernadero. 
Las investigaciones policiales condujeron a la familia hasta las primeras páginas de los rotativos. Fueron acosados, interrogados e insultados a las puertas de los juzgados, y finalmente, el dictamen de culpabilidad rebotó contra los muros, acompañado por el eco gutural de aplausos iracundos. 
La pena de cárcel no fue excesiva para el culpable de tan desvergonzado saqueo. Cumplió la condena adjudicada por el juez sin parpadear. Los años de encierro transcurrieron sin dolor. La pequeña celda no carecía de comodidades y, a través de los barrotes oxidados, inhalaba dosificadas bocanadas de oxígeno cada vez que sentía una leve sensación de ahogo. En ocasiones le sondeaban. Querían saber dónde ocultaba los bienes sustraídos y jamás le creyeron cuando negaba con insistencia su culpabilidad, porque no existía sobre las tablas del gran teatro, un actor con más talento que él, y todos lo sabían: le habían adulado en demasiadas ocasiones, expresando admiración, envidia y esa antipatía nacida en la zona inferior del pecho, en la cual el aire se encona produciendo hipidos de celosa rabia. 
La paciencia fue la consorte aliada en su periplo y no le permitió flaquear ni cuando el desarraigo y el rechazo le convirtieron en un paria sin patria. La tormenta de arena le azotó durante años sin causar daños irreparables. Cuando salió de la prisión, esperó. El olvido deslizó un sudario raído sobre el pasado, convirtiéndole en un cuerpo exento de gravitación, en un ovillo de carne y huesos, y comenzó a sentir el dolor profundo, lacerante y desconocido hasta entonces, que solo podía mitigar por los recuerdos regurgitados del poder que un día poseyó en la palma de la mano. 
La transformación estaba en proceso de ejecución. El desprecio de su retoño, aquel rubio querubín desposeído de sus ignífugas alas, fue el latigazo que más piel le desolló. Le negaba la mirada, el contacto o cualquier palabra de perdón. En ocasiones rompía el silencio perpetuo y le escuchaba murmurar: “ladrón”. 
No existía el amor. Las camas separadas por un débil tabique silenciaban los argumentos que trataban de perforar sin éxito los ladrillos para llegar a los oídos de una mujer humillada y resentida. Ella no le creyó porque era el mejor actor del mundo. El nivel de vida descendió y estallaron llantos y lamentos enfermos cuando los embargos se llevaron los oropeles; adiós al manso caballo de crines oscuras, al brillante coche de cristales tintados, a los abrigos de pieles, a los colegios privados, e incluso a los más sofisticados aparatos gimnásticos, que desaparecieron con la exquisita mansión que los contenía y que fue sustituida por un apartamento de dos habitaciones, cuya humedad penetraba en los bronquios de sus residentes y propiciaba el rencor y las vistas a una realidad desconocida, obligándoles a convivir en la peor de las celdas: la ocupada por reos acomplejados y rencorosos. 
La degradación le apeó de su trono arrebatando de su testa la corona de falso reyezuelo omnipotente. Se consoló durante algún tiempo al compás de los consejos de otros falsos regentes, quienes le acogieron y ofrecieron la disfrazada amabilidad de los hipócritas hermanados, y una inmensa cantidad de glorificaciones que apestaban a droga. Aceptadas las lisonjas y las invitaciones sin intención de permanecer como convidado de piedra, entraba en los burdeles y se entregaba sin tregua al compás de jadeos caros y perfumados, porque así lo requería su estatus de huésped de puteros millonarios. 
De fondo, en la televisión pública, los afectados rogaban, lloraban y elevaban sus plegarias a una justicia infecta, mientras él introducía su pene en una vagina cansada y tomaba su ración de cocaína de los labios ajados y disimulados por el carmín y la sonrisa pétrea de la muñeca rota y recompuesta para cada ocasión. Empujado al límite de la avaricia, pisoteó, maltrató y robó sin un pestañeo molesto o amago de culpabilidad. No era distinto a sus congéneres, aquellos perros asilvestrados entre la maleza de asfalto, hurgando con sus hocicos los restos descompuestos que otros carroñeros de su misma especie habían dejado atrás. 
Como un pirata paciente esperó a que la isla estuviera desierta, y volvió en busca de los doblones ocultos. Y los halló. El tesoro que jamás le perteneció permanecía intacto. Los sobres repletos de dinero le sirvieron como pasaporte hacia una nueva vida; se compró una identidad señorial limpia de sospechas, y quiso comenzar de nuevo sin esfuerzo, convencido y pletórico: aún acopiaba bajo su manto lo que había sustraído a la gente sencilla y humilde, confiada y segura que creyó en sus promesas. 
Incluso conservaba aquel dolor estúpido, palpitante y continuo en la base del cráneo, que le impedía elevar la cabeza y mirar de frente, obligándole a mostrar la coronilla hacia el cielo, en un gesto de humillante subordinación. 
La dolencia aumentó para convertirse en una sentencia mortal. En la habitación de un exclusivo hospital le predijeron el futuro, y cuando la fortuna se volatilizó costeando los caros tratamientos y panaceas fallidas, se encontró vacío, impotente y abandonado. Luchó y perdió. No había rastro de los compañeros de manada ni de la familia humillada. De nada sirvió su titánico esfuerzo por gobernar en el reino de las falsedades. Se había convertido en un lobo viejo sin colmillos, solitario y enfermo, encogido de hombros, sin capacidad para hallar respuestas correctas a las interrogantes que tímidamente acudían a su mente desequilibrada por la derrota. 
La sociedad, su principal víctima, objeto de su ninguneo sistemático, traicionada, dolorida, hambrienta, y violada hasta la saciedad, le recogió una noche de la ciénaga pútrida en la que se ahogaba con su propia inmundicia, y le otorgó cuidados paliativos en la cama de un hospital público… ¿sin rencor? 

lunes, 2 de enero de 2017

La madrastra de Hansel y Gretel estaba hasta la peineta.


 Esta ilustración pertenece a Gemma de los Santos
http://gemmadelossantos.blogspot.com.es/2014/01/
progreso-de-hansel-y-gretel.html

Banca, la  extraña visita carente de alas etéreas o belleza angelical, se instaló en la aldea de Hansel y Gretel, sin aviso previo ni empadronamiento pertinente para desbaratar la bucólica y apacible existencia del lugar. La madrastra de ambos, lavandera a tiempo completo en las gélidas aguas del río y ama de su casa, contemplaba aturdida cómo  la recién llegada exhibía un poder extraño, malicioso, deprimente, y carente de pudor ante la humilde comunidad de vecinos que, poco a poco, fueron perdiendo la sonrisa y las ganas de vivir en general. Se lo comentó a su esposo, a la par que ocultaba sus enrojecidas manos bajo el delantal, cierto día que el leñador regresó al hogar hastiado y agotado de talar cuatro troncos flacos y verdes que apenas servían para alimentar la chimenea sin llenar la pequeña casa de humo asfixiante. Una noche más, tendrían que cubrirse con las mantas confeccionadas de pequeños retales extraídos de los sacos de altramuces y pegar saltitos por el pequeño corredor para entrar en calor antes de irse a la cama.
Hansel y Gretel les miraban con pena y, conscientes del sufrimiento de sus padres, decidieron que había llegado el momento de llevar a cabo su plan para ayudarles; dicho plan no era otro que aceptar la generosa propuesta de Banca. Podrían obtener cuanto desearan a cambio de poca cosa.
Banca “la poderosa”, aquella bruja callada y desconocida, les había ofrecido todo tipo de golosinas: créditos, hipotecas, avales, tarjetas que inducían a compras impulsivas del momento, por las que solo exigía un par de menudencias a cambio. Los muchachos aceptaron porque nada tenían que perder, nada les impedía aceptar en el eterno y mísero bucle en el que se hallaban inmersos.
La vida de la sufrida madrastra dio un giro a la derecha de la calle Serrano, el padre montó un tinglado de inversiones fantasmas para las marionetas estelares del teatrillo ambulante en el que Pinocho era la estrella rutilante del momento, y colgó el hacha y la sierra en la pared misma de su camerino, como advertencia implícita contra posibles “espantás”.
En líneas generales, la bruja Banca les había trocado la miseria por avaricia, convirtiéndolos a todos en capos de la economía, en odres rebosantes con la tripa llena de pitanza y bienes materiales. 
He aquí que, llegados a este punto del cuento, los zagalillos le tomaron gusto al tema de irse de marcha por las noches y casi siempre volvían con tal grado de embriaguez que no acertaban a aparcar el cuatro por cuatro en el jardín trasero, en el que antaño plantaran coles de Bruselas, y lo dejaban tirado en cualquier cuneta con las alfombrillas cubiertas de dudosos fluidos corporales y latas de Red Bull.
Banca siempre les excusaba, les perdonaba las faltas, les indultaba porque esperaba paciente y ávida la compensación que les pidió a cambio de tanta algarabía, dulce, caramelo, y tanto desahogo; estaba a punto de ser retribuida con la calma, la paz y la placidez de una almohada seca de lágrimas, mucho, mucho insomnio, y miedo a perder todo lo adquirido. En una palabra, el alma misma convertida en corchopán. 
Hansel se liaba con todas las pibitas que se le ponían a tiro hasta que tuvo un mal cálculo y metió un golazo por toda la escuadra, con el consiguiente escándalo parroquial a todo bombo, nunca mejor expresado, y se tiró nueve meses dándose cabezazos contra la máquina expendedora de profilácticos que había en la taberna de la esquina.
Gretel, pensativa mientras le hacían las mechas californianas en la peluquería, llegó a la conclusión de que el precio era demasiado elevado y dudó de su existencia por primera vez, y porque la resaca la tenía amargada. Se vio reflejada en el espejo de cuatro lunas y supo por revelación espontánea que se había convertido en una caricatura de la que un día fue, en una ilustración barata y mediocre con bolso de poli piel y gafas de mercadillo. Ese descubrimiento la hizo llorar y corrió a casa, abrazó con cuidado a la madrastra que acababa de estrenar blusón de seda, y pidió a su padre que se largaran de allí cagando leches hacia otros pastos, a cosechar jarabe de arce y recoger cebollino rodeados de gallinas y conejos. Que aquello no era plan de un día, era un plan para siempre; Banca y su hermanastra Crisis los tenían enganchados por el cuello con sus manos invisibles y cúbicas, y se ahogaban en un mar de aluminio, sin aire ni pulmones, sin trinos alegres ni tesoros escondidos.
Hansel y Gretel no volvieron a consumir setas sin el asesoramiento del buen padre, quien solía hallarlos tumbados en el prado, delirando acerca de brujas prestamistas.
Cuando llegaron a la casa les recibió una nota escrita con prisa y clavada de un taconazo a la puerta con una chincheta plateada:

“Estoy hasta la peineta de vosotros, haraganes, ¡zánganos!, ¡más que zánganos!, otra vez os habéis olvidado encima del piano los currículos… ¡así no hay manera!

Me marcho de viaje, a ver si despejo la mente y me doy pomadas en las llagas. Esposo, te espero en Los Picos de Europa, en la cabaña del pastor, con queso y leche de la buena, y un fin de semana a solas, tú y yo…

Los señoritos tienen la cena en el horno, ¡mañana que lo intenten de nuevo!

Mamá.

lunes, 31 de octubre de 2016

Diálogo (En el día de Todos los Santos)



Sentí curiosidad al verla abandonada y pregunté. Nadie sabe quién yace bajo ese manto de invernales brotes tardíos. La cruz torcida y desamparada no significa nada, oxidada y mal anclada, sin nombre ni fecha es un simple trozo de hierro, símbolo de creencias que no comparto. Como lo cortés no quita lo valiente, entablé conversación —curiosa como soy—, pero con educación: 
—¿Necesitas consuelo o estás en paz?
—Ni flores ni velorios, ni llantos o amarguras recibo a estas alturas.
—Mañana te traigo un brote del rosal, ¿lo prefieres amarillo o no gustas de tal?
—Déjame tranquilo en mi tumba sellada,
que ya no siento el frío de mi muerte olvidada.
—Si pudieras decirme quién fuiste y por qué nadie te asiste…
—¡Qué ilusa eres! ¿Acaso crees que acudirán siempre a la tuya?
Después de mucho cavilar, comprendí sus palabras: ¡yo también estaba muerta! 
Me encogí de hombros y le propuse: 
—¡Vayámonos de fiesta! Bailaremos a la luz de los cirios rojos,
ajenos y ocultos a los ojos curiosos.
—No soy fantasma de tales antojos, prefiero refugiarme en el libro que recoge mis enojos.
—Pues... ¡Qué eternidad aburrida me espera a tu vera!
Tenía razón el cascarrabias: han transcurrido mil años y nadie me recuerda.
Como cada año, llega el día señalado y sólo la campana me desvela.
Habéis de saber que soy terca,
y  al fin, convencí al misterioso vecino,
quien no soporta mi continua protesta, 
para salir a la noche oscura
e irnos de murga.