Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

jueves, 24 de agosto de 2017

LA SOMBRA DE MARIELA



Regresé al pueblo tras sesenta veranos de ausencia.
Nunca, hasta ahora, había reunido las fuerzas necesarias para 
hacerlo.
La casa rota, destripada y boquiabierta aguardaba paciente nuestro retorno para recuperar su bulliciosa armonía estival, sin percibir que nunca volveremos a tener quince años.
La memoria me traiciona y apenas recuerdo su rostro. Me dicen que no debo preocuparme, pero soy consciente de que son los indicios de la enfermedad cuyo nombre se me traba en la lengua. Sin embargo, lo hago. Me preocupo. ¿Cómo puedo haber olvidado su rostro? 
Mariela... dulce Mariela... regresa y tráeme moras en tu cestillo de mimbre, y un manojo de helechos verdes para refrescar mi frente, porque hoy no puedo verte. 
Nos sentábamos en el zaguán a tomar el sol y sorber limonada sin azúcar mientras tú canturreabas estribillos populares aprendidos en el campo al son de los labradores. Me sonreías con los ojos y escondías los tobillos bajo tu larga falda, retorcías con fuerza el hilo de bordar y pespunteabas mi nombre sobre el pañuelo de lino que hace unos meses hallé, amarillo y agujereado por el paso de los años y el hambre de las polillas, en el fondo de un viejo baúl. Lo llevo desde entonces, plegado y planchado, en el bolsillo de la camisa, cerca del corazón.
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas cuando entro en la vivienda. Los muebles están rotos y podridos a causa de la lluvia que se filtra por los huecos del tejado derruido. Varios pedazos de los muros han sido robados, y las alimañas han anidado en el desván.
Fotografías de mi propiedad

En la habitación donde te besé por primera vez no hay nada, excepto un espejo caído y oxidado al que te mirabas para adornarte el pelo con flores blancas. Sin duda, ha pasado inadvertido para los saqueadores. Mariela, en aquella estancia descubrimos el amor, tú y yo, acompañados por la ingenuidad de nuestros cuerpos desnudos e inexpertos. ¡Ojalá pudiera recordar tu rostro, niña mía!
La señora que me ha acompañado es prudente y respetuosa: me permite estar unos instantes a solas, tras los cuales se acerca a mi espalda y me conmina a marcharnos. No quiero irme aún; ella apoya su mano sobre mi hombro con dulzura. Es la hora. Insiste. No es bueno para mi salud permanecer a merced del pasado. 
Vislumbro una sombra reflejada en el viejo y opaco espejo, y mi corazón late apresurado. ¿Acaso has regresado Mariela? La esperanza me invade.
Me giro y la señora amable de pelo cano me sonríe con los ojos, deposita un tierno beso en mi boca marchita y me ofrece un recipiente repleto de moras. Tomándome del brazo me arrastra hacia el exterior y, al echar una última mirada al arruinado espejo, al fin te veo, amor mío. 
Mariela se aleja asida de mi brazo...

4 comentarios:

  1. Son recuerdas, vivencias, ilusiones, añoranzas, da igual real o lo solo letras, pero no caen al vacio
    Salud

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  2. Belíssimo texto. Os anos voam sem que o percebamos. Lembro-me de quando retornei à minha terra natal, para ver aquela casa enorme onde passei a infância. Quando lá cheguei, a surpresa: a casa grande era, na verdade uma casa muito pequena. Parabéns.
    Um abraço, Beatriz.
    Pedro

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